Friday, 06 June 2008

  • dumiparu

    Darse el batacazo.

    Con el sombrero verde puedo decir : ...” en lugar que la gente pague por nuestro producto, nosotros le pagaremos para que se lo lleve”. Con esto hemos provocado, pero la idea se transforma en: “Daremos bonos que valen como dinero para las personas que compran cierta cantidad de producto y con esto comprarán más”. Es decir transformamos la idea provocadora en una lógica que nos puede dar buenos resultados, de eso se trata. Normativo. El azul es frío, y es también el color del cielo, que esta por encima de todo. El sombrero azul se ocupa del control y la organización del proceso del pensamiento, es decir del uso de los demás sombreros. Como dicotomía podemos decir que la creatividad es limitada por la normatividad, esto es por el control. Pensemos en una rígida escuela militar en donde el oficial le dice al subalterno: “¡Aquí no se piensa, sólo se cumplen las ordenes sin objeciones ni murmuraciones!” .Con el sombrero azul dejamos de pensar en el tema, para pensar en el pensamiento necesario que permite sondear dicho tema. Es decir, con éste sombrero decidimos cuál de los otros cinco sombreros usar y nos indica cuándo cambiar de sombrero. Me valdré, por lo pronto, de un primer ejemplo. En todos los tiempos se ha querido volver “mejor” al hombre; este propósito era lo que primordialmente se entendía por moral. Mas he aquí que este término implica tendencias diametralmente opuestas. Tanto domesticar la bestia humana como “criar” un determinado tipo humano ha sido considerado como “mejoramiento” del hombre; sólo estos dos términos zoológicos expresan realidades; realidades, es verdad, de las que el “mejorador” típico, el sacerdote, no sabe nada, no quiere saber nada... Llamar a la domesticación de un animal su “mejoramiento” suena casi a burla sangrienta. Quien sabe lo que ocurre en los circos de animales, desconfía que en ellos sean “mejoradas” las bestias. Se las debilita, se reduce su peligrosidad, se las convierte por el efecto depresivo del miedo, por dolor, herida y hambre, en bestias morbosas. Pues dicen: lo mismo ocurre con el hombre domesticado, que el sacerdote ha “mejorado”. En la temprana Edad Media, en tiempos en que la Iglesia era en efecto primordialmente una especie de zoológico amaestrado, se cazaban los ejemplares más hermosos de la “bestia rubia”; se “mejoraba”, por ejemplo, a los germanos de noble linaje. Pero tal germano “mejorado”, atraído al convento, quedaba reducido a una caricatura de hombre, un ser trunco; convertido en un “pecador”, estaba metido en una jaula, recluido entre conceptos terribles... Helo aquí postrado, enfermo, enclenque, fastidiado consigo mismo, lleno de odio a todo lo que seduce de la vida y de recelo hacia todo lo que era todavía fuerte y feliz. En una palabra, un “cristiano”... Fisiológicamente hablando, en la lucha con la bestia, enfermarla puede ser el único medio de debilitarla. Bien entendía el problema la Iglesia; echando a perder al hombre, lo debilitaba, pretendiendo “mejorarlo”... Consideremos el otro caso de la llamada moral, el de la “cría”; formación de una determinada raza y tipo. El ejemplo más grandioso al respecto es la moral india, sancionada como religión por la “Ley de Manú”. Aquí se propone' la tarea de formar simultáneamente nada menos que cuatro razas: una sacerdotal, otra guerrera, otra mercantil y campesina y, por último, una raza destinada a servir, los sudras. En este caso nos encontramos definitivamente entre domadores de fieras; un tipo humano cien veces más suave y cuerdo, se necesita para concebir siquiera el plan de tal formación. Respira uno con alivio al pasar de la atmósfera cristiana de hospital y cárcel a este mundo más sano, más elevado y amplio. ¡Cuán pobre y maloliente aparece el “Nuevo Testamento” al lado de Manú! Moral para médicos. El enfermo es un parásito de la sociedad. En un determinado estado resulta indecente seguir con vida. Debiera sentir la sociedad un desprecio profundo por quien arrastra una existencia precaria en cobarde dependencia de médicos y practicantes, una vez perdido el sentido de la vida, el derecho a la vida. Los médicos, por su parte, debieran ser los agentes de este desprecio, procurando en vez de recetas una renovada dosis de asco a su paciente... Hay que crear una responsabilidad nueva, la del médico, para todos los casos en que el interés supremo de la vida, de la vida ascendente, exige la represión implacable de la vida degenerada; por ejemplo, respecto al' derecho a la procreación, al derecho de nacer, al derecho de vivir... Morir de una muerte orgulIosa, cuando ya no es posible vivir una vida orgullosa. Optar por la muerte espontánea y oportuna, consumada con claridad y alegría, rodeado de hijos y testigos, de suerte que es todavía posible una verdadera despedida donde está todavía ahí el que se despide, así como una verdadera apreciación de lo realizado y lo intentado, un balance de la vida, en oposición a la miserable y pavorosa farsa en que el cristianismo ha convertido la hora postrera. ¡No debiera perdonarse jamás al cristianismo haber abusado de la debilidad del moribundo para hacer violencia a la conciencia, de la forma de la muerte para valorar al hombre y su pasado! En este punto, frente a todas las cobardías del prejuicio, corresponde establecer, ante todo, la apreciación correcta, esto es, fisiológica, de la llamada muerte natural, que a su vez no es, en definitiva, sino una muerte “antinatural”, un suicidio. Nadie muere por culpa ajena, sino únicamente por culpa propia. Sólo que ella es la muerte que se produce en las circunstancias más despreciables: una muerte impuesta, a destiempo, una muerte cobarde. Por amor a la vida se debiera procurar una muerte diferente: libre, consciente, sin contingencia ni coerción... Por último, he aquí un consejo dirigido a los señores pesimistas y demás décadents. No está en nuestro poder no nacer, pero sí nos es dable subsanar lo que a veces resulta efectivamente un defecto. Quien se elimina realiza algo respetable; quien hace esto, casi merece vivir... La sociedad, ¡qué digo!, la vida misma se beneficia con semejante gesto más que con cualquier “vida” vivida con resignación, anemia y otras virtudes; se ha quitado de la vista de los demás, convirtiéndose en una objeción a la vida... El pesimismo pur, vert, sólo queda probado por la autorrefutación de los señores pesimistas; hay que avanzar un paso más en su lógica, negar la vida no sólo con “voluntad y representación”, como lo hizo Schopenhauer, sino negando primero a Schopenhauer... El pesimismo, dicho sea de paso, a pesar de ser contagioso, no acrecienta la morbosidad de una época, de una raza, en su conjunto; es la expresión de la misma. Se cae en él como en el cólera, que sólo ataca al que está predispuesto. El pesimismo no aumenta el número de los décadents; recuérdense también las estadísticas según las cuales los años en que causa estragos el cólera no se diferencian de los otros años respecto al número total de fallecimientos. ¿Hemos progresado en moralidad? Como era de esperar, contra mi concepto “más allá del bien y del mal” se ha alzado toda la ferocidad del entontecimiento moral, confundida en Alemania con la moral misma; podría contar cosas muy sugestivas al respecto. Sobre todo, se me hizo notar la “superioridad innegable” de nuestra época respecto al juicio moral, al progreso efectivamente realizado por nosotros en este terreno, señalando que es de todo punto inadmisible aceptar la comparación de Cesare Borgia con nosotros, como “hombre superior”, como una especie de superhombre, según yo he afirmado... Un redactor suizo del Bund, al rendir homenaje a la valentía de tan arriesgada iniciativa, llegó hasta a “entender” el sentido de mi obra como cruzada por la abolición de todos los sentimientos decentes. ¡Muchas gracias! A modo de respuesta, me permito plantear el interrogante de si realmente hemos progresado en moralidad. No se imagina cómo he practicado hasta el final el programa de ausencia de pensamientos: y tengo razón en serle fiel, porque “detrás del pensamiento está el diablo” de un furioso acceso de dolor. Tal fue el costo del manuscrito que le llegó desde Saint-Moritz. Probablemente nadie lo hubiera querido escribir a ese precio, en el caso de que se pudiera evitar hacerlo. Ahora con frecuencia su lectura me produce horror, por los largos apartados y los malos recuerdos. Con excepción de algunas líneas, el total fue concebido sobre la marcha y esbozado con lápiz en seis cuadernitos: la transcripción me daba náuseas. Tuve que dejar pasar una veintena de encadenamientos más largos, desafortunadamente algunos de los más esenciales, porque nunca tenía el tiempo suficiente para extraerlos del horrible garabateo en lápiz: lo que ya me sucedió el verano pasado. Después de lo cual, el encadenamiento de los pensamientos escapa de mi memoria: en efecto tengo que arrebatar los minutos y los cuartos de hora a la “energía del cerebro” de la que usted habla, arrancándolos de un cerebro que sufre. A veces me parece que no podré hacerlo nunca más. Leo su copia y me cuesta entenderme a mí mismo, de tan agobiada que está mi cabeza. Aunque para mí escribir esté entre los frutos rigurosamente prohibidos, usted, a quien venero como a una hermana mayo, debía recibir una carta mía -¡y sin duda será la última! Porque el espantoso y casi incesante martirio de mi vida me hace languidecer en espera de su fin, y según ciertos indicios la apoplejía liberadora estaría bastante próxima como para confiar en su llegada. Con respecto al tormento y a la renunciación, puedo comparar mi vida de estos últimos años con la de un asceta de cualquier época: si bien es cierto que los mismo años me beneficiaron mucho en cuanto a la purificación y a la limpieza del alma -y para eso no tuve necesidad ni de religión ni de arte. (Observará que estoy orgulloso de eso; en realidad, sólo el desamparo total me permitió descubrir mis propias fuentes de salud.) Creo haber realizado la obra de mi vida, es cierto que no teniendo un momento de tranquilidad. Pero sé que para muchos derramé un gran gota de aceite y que les di una señal de ánimo pacifico y de sentido de la equidad para la elevación de sí mismos. Le escribo esto como agregado, a decir verdad debería ser pronunciado en el momento de la conclusión de mi “humanidad”. Ningún dolor ha podido ni podría inducirme a un falso testimonio contra la vida tal como yo la concibo. Mi existencia es una carga espantosa: la hubiera rechazado hace mucho tiempo, de no ser por las experimentaciones tan instructivas en el dominio intelectual y moral, precisamente durante ese estado de sufrimiento y de renunciación casi absoluta -ese alegre humor, ávido de conocer, me eleva a alturas donde triunfo sobre cualquier tortura y cualquier desesperanza. En términos generales, nunca fui más feliz en toda mi vida: ¡así y todo! Un constante dolor, una sensación parecida al mareo, durante horas una semiparálisis que me vuelve difícil la palabra, alternando con accesos furiosos (el último me hizo vomitar tres días y tres noches, ¡esperaba que viniera la muerte! Permanecer solo y pasearme, aire de altura, régimen en base a huevos y leche. Cualquier remedio calmante ha sido inútil. El frío me hace muy mal. El consuelo son mis pensamientos y mis perspectivas. Durante esos recorridos garrapateo aquí y allá algo sobre una hoja, no escribo nada sobre mi escritorio, algunos amigos descifran mis garabatos. A continuación va mi última producción (que mis amigos terminaron de pasar en limpio): acéptelo con benevolencia, incluso si no coincidiera en parte con su propia manera de pensar. (No busco “adeptos” -¡créame!- gozo de mi libertad y deseo ese placer a todos los que tienen derecho a la libertad espiritual.) En el presente toda mi capacidad de inventiva y todo mis esfuerzos tienden a conseguir una soledad de buhardilla, donde las exigencias necesarias y las más simples de mi naturaleza, como me las han revelado tantos y tantos dolores, puedan encontrar su satisfacción legítima. ¡Y quizá lo logre! El combate cotidiano contra mi dolor de cabeza y la ridícula diversidad de mis estados de angustia exigen tanta atención que corro el riesgo de volverme egoísta -se trata de contrapesar impulsos muy generales, muy sublimes que me domina a tal punto que, sin poderosos contrapesos, tendría que volverme loco. Justamente acabo de salir a flote de un acceso de los más duros, y apenas me he sacudido una desolación de dos días cuando ya de nuevo mi locura se echa a corre tras cosas inconcebibles desde el primer despertar, e ignoro si para otros habitantes de buhardillas la aurora alguna vez iluminó cosas más agradables y más deseables...

    Estar todo el pescado vendido.

    Y continúa: “El capital empleado en esta forma no puede rendir beneficio ni ingreso al que lo emplea, mientras permanezca en su posesión o no cambie de forma”. ¡El capital así empleado! Sin embargo, A. Smith nos habla del capital invertido en la agri­cultura o en la industria y, más adelante, nos dice que el capital invertido de este modo se divide en capital fijo y capital circulante. Por tanto, la inversión del capital en esta forma no puede convertir al capital en circulante ni en fijo. Chicas de compañía en Madrid Sí nos fijamos un poco de cerca en el capital disponible, que es en realidad un capital en suspenso, vemos que una parte considerable de él tiene que revestir siempre, necesariamente, la forma de capital–dinero. Sigamos con nuestro ejemplo: período de trabajo, 6 semanas; período de circulación, 3 semanas; inversión semanal, 100 libras esterlinas. Al llegar a la mitad del segundo período de trabajo, al final de la 9ª semana, refluyen 600 libras esterlinas, de las cuales sólo habrá que invertir, durante el resto del período de trabajo, 300. Por tanto, al final del segundo período de trabajo quedarán disponibles 300 libras. ¿En qué estado se encuentran estas 300 libras? Supongamos que 1/3 haya de invertirse en salarios y 2/3 en materias primas y materiales auxiliares. Esto quiere decir que de las 600 libras recuperadas 200 aparecerán bajo la forma de dinero destinado a salarios y 400 en forma de reserva productiva, de elementos del capital productivo circulante constante. Pero, como para la segunda parte del período de trabajo II basta con la mitad de esta reserva productiva, la otra mitad permanecerá durante tres semanas bajo la forma de reserva productiva remanente, es decir, sobrante de un período de trabajo. Sin embargo, el capitalista sabe que de esta parte (= 400 libras esterlinas) del capital recuperado sólo necesita, para el período de trabajo en curso, la mitad (= 200 libras). Dependerá, pues, de las condiciones existentes en el mercado el que vuelva a convertir estas 200 libras inmediatamente, en todo o en parte, en reserva productiva remanente o las retenga total o parcialmente como capital–dinero, en espera de que existan condiciones más favorables en el mercado. Por otra parte, se comprende de suyo que la parte de aquella suma invertida en salarios = 200 libras esterlinas, debe conservarse necesariamente en dinero. El capitalista no puede guardar en el almacén la fuerza de trabajo, como hace con las materias primas, después de comprarla. Tiene que incorporarla inmediatamente al proceso de producción, y la paga al final de cada semana. Por tanto, del capital de 300 libras que queda disponible, estas 100 libras tienen que revestir necesariamente la forma de capital–dinero disponible, es decir, de capital–dinero no necesario para el proceso de trabajo. El capital que queda disponible en forma de capital–dinero tiene que ser, consiguientemente igual, por lo menos, a la parte del capital variable, o sea, a la parte del capital invertida en salarios; a lo sumo, podrá abarcar todo el capital que queda disponible. En la práctica, oscila constantemente entre este máximum y aquel mínimum. Escorts Donosti Quesnay, en cambio derivaba las diferencias del mismo proceso de reproducción y de sus necesidades. Para que este proceso sea con­tinuo, es necesario que del valor del producto anual se reponga ínte­gramente, todos los años, el valor de los desembolsos anuales, mien­tras que el valor del capital de inversión sólo necesita reponerse gradualmente, de tal modo que se reproduce (mediante nuevos ejemplares de la misma clase) a lo largo de una serie de años, de diez por ejemplo. Como vemos, A. Smith queda, en este punto, muy por debajo de Quesnay. http://www.girlsbcn.com.es Por ejemplo: por lo que se refiere al capital circulante constante, es evidente que no todos lo invierten simultáneamente. Mientras que el capitalista A vende su mercancía y el capital desembolsado reviste, por tanto, para él, la forma de dinero, para el comprador B, por el contrario, su capital, existente en forma de dinero, asume ahora la forma de los medios de producción producidos precisamente por A. El mismo acto por medio del cual A restituye a su capital–mercancías producido la forma–dinero, reintegra el de B en su forma productiva, vuelve a convertirlo de la forma–dinero, en medios de producción y fuerza de trabajo; la misma suma de dinero funciona en este proceso de doble lado como un cualquier simple acto de compra M – D. Por otra parte, al mismo tiempo que A vuelve a convertir el dinero en medios de producción, compra mercancías a C y éste paga con su dinero a B, etc. El fenómeno quedaría, pues, explicado de este modo. Pero: Escorts independientes de Barcelona Pero A. Smith confunde de pronto todo lo que sirve de base a la distinción y se contradice con lo que, unas cuantas líneas antes, le sirvió de punto de partida para toda su investigación: “Existen dos maneras diferentes de emplear el capital para que rinda al inver­sionista un ingreso o beneficio”, a saber: como capital circulante o como capital fijo. Según esto, se trata, por tanto, de distintos modos de emplear capitales diversos e independientes entre sí, al modo como pueden aplicarse, por ejemplo, los capitales en la industria o en la agricultura. Ahora, en cambio, se nos dice: “Según las diversas ocupaciones, así son distintas las proporciones de los capitales fijos y circulantes que se emplean en las mismas.” El capital fijo y el capital circulante ya no constituyen, ahora, inversiones distintas e independientes de capital, sino distintas porciones del mismo capital productivo, que en distintas esferas de inversión arrojan una parte alícuota distinta del valor global de este capital. Se trata, por tanto, de diferencias que responden a la división práctica del mismo capital productivo y que, por consiguiente, sólo rigen con respecto a éste. Pero esto se halla en contradicción, a su vez, con el hecho de que el capital comercial se contraponga, como capital puramente circu­lante, al capital fijo, pues A. Smith nos dice: “El capital de un mercader es enteramente circulante.” Es, en efecto, un capital que sólo funciona dentro de la órbita de la circulación y, como tal, lo opuesto al capital productivo, al capital incorporado al proceso de producción, razón por la cual no puede enfrentarse como parte circu­lante del capital productivo a la parte fija de este mismo capital. Clubs de alterne en Madrid Los gastos del almacenamiento consisten 1) en una disminución cuantitativa de la masa de productos (por ejemplo, cuando la mercancía almacenada sea harina); 2) en un deterioro de la calidad; 3) en el trabajo materializado y vivo que se requiere para conservar las mercancías almacenadas. Putas valencia La insulsa fórmula de que las tres rentas, el salario, la ganancia y la renta del suelo constituyen tres “partes integrantes” del valor de las mercancías, surge en A. Smith de la otra fórmula, más aceptable, según la cual el valor de las mercancías resolves itself, se descompone en dichas tres partes. También esto es falso, incluso suponiendo que el valor de las mercancías sólo pudiese dividirse en el equivalente de la fuerza de trabajo consumida y la plusvalía creada por ésta. Pero este error descansa, a su vez, en una base más profunda y verdadera. La producción capitalista se basa en la operación por la que el obrero productivo vende su propia fuerza de trabajo, como su mercancía, al capitalista en cuyas manos funciona simplemente como elemento de su capital productivo. Esta operación –la venta y la compra de la fuerza de trabajo–, perteneciente a la órbita de la circulación, no sólo inicia el proceso de producción, sino que determina implicite su carácter específico. La producción de un valor de uso e incluso la de una mercancía (pues ésta puede ser también obra de un trabajo productivo independiente) es aquí simplemente, un medio para la producción de plusvalía absoluta y relativa para el capitalista. Por eso, al analizar el proceso de producción veíamos cómo la producción de plusvalía absoluta y relativa determina: lº la duración del proceso diario de trabajo: 2º toda la organización social y técnica del proceso capitalista de producción. Dentro de este mismo se realiza la distinción entre la simple conservación del valor (del capital constante), la verdadera reproducción del valor adelantado (equivalente de la fuerza de trabajo) y la producción de plusvalía, es decir, de valor por el que el capitalista no desembolsa equivalente alguno, ni de antemano ni post festum. Acompañantes relax Barcelona Existe entre las fases M – D y D – M una diferencia que no guarda relación alguna con la diversidad de forma entre la mercancía y el dinero, sino que responde al carácter capitalista de la producción. De por si, tanto M – D como D – M son simples trasposiciones de un valor dado de una forma a otra. Sin embargo, M' – D' representa, al mismo tiempo, la realización de la plusvalía contenida en D'. No ocurre así en D – M. Por eso la venta es más importante que la compra. D – M es, en condiciones normales, un acto necesario para la valorización del valor expresado en D, pero no es nunca realización de plusvalía. Encauza su producción, pero no contribuye a ella. Prostitutas de lujo en Andorra Error de las causas imaginarias.-Hay que partir del sueno: a una determinada sensación, por ejemplo a raíz de un cañonazo lejano, y ver que se le inventa a posteriori una causa (con frecuencia toda una peque­ña novela donde el soñador es el protagonista). Entre tanto, la sensación subsiste, en una especie de reso­nancia, esperando en cierto modo a que el impulso causal le permita pasar a primer plano, más como fe­nómeno contingente que como “sentido”. El cañonazo aparece en forma causal, en una aparente inversión del tiempo. Lo posterior, la motivación, es experimentado primero, muchas veces con cien detalles que van des­filando de una manera fulminante; el cañonazo sigue... ¿Qué ha pasado? Las representaciones mentales originadas por una determinada sensación han sido enten­didas equivocadamente como causa de la misma. Lo cierto es que en el estado de vigilia procedemos igual. La mayor parte de nuestras sensaciones generales-toda clase de inhibición, presión, tensión y explosión en el juego y contrajuego de los órganos, en particular el estado del nervus sympathicus-excitan nuestro im­pulso causal: buscamos un motivo para sentirnos tal como nos sentimos, para sentirnos mal o bien. Nunca nos contentamos con comprobar simplemente el hecho de que nos sentimos tal como nos sentimos; sólo admitimos este hecho, llegamos a tener conciencia de él, si le hemos dado una especie de motivación. El recuerdo, que en tal caso entra en actividad a pesar nuestro, evoca estados anteriores de la misma índole y las interpretaciones causales a ellos ligadas; no su causalidad. Por cierto que el recuerdo evoca también la creencia de que las representaciones mentales, los fenómenos concomitantes registrados en la esfera de la conciencia, han sido las causas. Tiene lugar así la habituación a una determinada interpretación causal, que en realidad dificulta, y aun impide, la indagación de la causa. puta de lujo en barcelona En ciertos casos, el desgaste y, por tanto, su reposición constituye una magnitud prácticamente insignificante, y sólo figuran en cuenta los gastos de reparaciones. Lo que Lardner dice a continuación refiriéndose a las works of art en los ferrocarriles es aplicable en general a todas las obras permanentes de esta clase, canales, muelles, puentes de hierro y de piedra, etc. “El desgaste producido en las obras más sólidas por la acción lenta del tiempo es casi imperceptible durante períodos cortos; sin embargo, al cabo de un período de tiempo largo, por ejemplo, de siglos, ese desgaste impone hasta en las más sólidas construcciones una renovación total o parcial. Este desgaste imperceptible, puesto en relación con el desgaste más sensible que afecta a otras partes de la vía férrea podría compararse a las desigualdades seculares y periódicas que se observan en el movimiento de los astros. La acción del tiempo sobre las construcciones más sólidas de un ferrocarril, los puestos, los túneles, los viaductos, etc., puede servir de ejemplo de lo que podríamos llamar un desgaste secular. La depreciación más rápida y más sensible que se ataja en períodos más cortos de tiempo mediante reparaciones o reposiciones presenta cierta analogía con las desigualdades periódicas. Los gastos anuales de reparación incluyen también la reparación de los daños fortuitos que experimenta de tiempo en tiempo la parte exterior de todas las construcciones, hasta de las más sólidas; pero, aún independientemente de estas reparaciones, los años no pasan en balde para ellas y llega necesariamente, por mucho que tarde, un día en que su estado exige su reconstrucción. Claro está que este día puede estar todavía muy lejos desde el punto de vista financiero y económico, para ser tenido en cuenta prácticamente” (Lardner, Railway Economy, pp. 38 y 39). prostitutas Madrid El folleto comentado por Marx no es más que la avanzada extrema de toda una literatura que en la década del veinte endereza la teoría ricardiana del valor y de la plusvalía, en interés del proletariado contra la producción capitalista, combatiendo a la burguesía con sus propias armas. Todo el comunismo de Owen, en la medida en que reviste una forma económico–polémica, se basa en Ricardo. Y junto a él encontramos toda una serie de escritores, entre los cuales Marx se limita, ya en 1847, a citar unos cuantos en contra de Proudhon (Misére de la Philosophie, p. 49): Edmonds, Thompson, Hodgskin, etc., etc., "y cuatro páginas más de etcéteras". Entre este sinnúmero de obras, citaré una, tomada al azar: An Inquiry into the Principles of the Distribution of Wealth, most conducive to Human Happiness, por William Thompson; nueva edición, Londres, 1850. La primera edición de esta obra, escrita en 1822, se publicó por vez primera en 1824. También aquí se define constantemente, y con palabras bastantes contundentes, la riqueza apropiada por las clases no productoras como deducción del producto del obrero. "La aspiración constante de lo que llamamos sociedad ha consistido en mover al obrero productivo, por el engaño o la persuasión, por la coacción o el terror, a trabajar percibiendo la parte más pequeña posible del producto de su propio trabajo" (p. 28). "¿Por qué el obrero no ha de percibir todo el producto absoluto de su trabajo?" (p. 32). "Esta compensación que los capitalistas le arrancan al obrero productivo bajo el nombre de renta del suelo, o de ganancia, se le reclama por el uso de la tierra o de otros objetos... Puesto que todas las materias físicas sobre las cuales o por medio de las cuales puede poner en práctica su capacidad de producción el obrero productivo desposeído, al que no se le deja más que su capacidad de producir, se hallan en posesión de otros cuyos intereses son antagónicos a los suyos y cuyo consentimiento es condición previa para su trabajo, ¿no depende y no tiene necesariamente que depender de la buena voluntad de estos capitalistas la parte de los frutos de su propio trabajo que se le deje como remuneración de éste (p. 125)... en proporción a la magnitud del producto retenido, ya se dé... a estos desfalcos el nombre de impuestos, el de ganancia o el de robo?" (p. 126). etcétera azafata de compañía Cuanto más breve sea el período de rotación del capital –cuanto más cortos sean, por tanto, los períodos en que sus plazos de reproducción se renueven dentro del año–, más rápidamente se transformará la parte variable del capital primitivamente desembolsado por el capitalista en forma de dinero en la forma–dinero del producto de valor creado por el obrero para reponer este capital variable (y que encierra, además, la plusvalía); menos durará, por consiguiente, el período durante el cual el capitalista necesita desembolsar dinero de su propio fondo; más pequeña será, en proporción con el volumen dado de la escala de producción, el capital adelantado en general por él y mayor, proporcionalmente, la masa de plusvalía que obtenga durante el año a base de una cuota de plusvalía dada, ya que podrá comprar con tanta mayor frecuencia, continuamente, a los obreros, con la forma–dinero de su propio producto de valor y poner así en movimiento su trabajo. modelo de compañía

    Ser más cansón que novia fea.

    Cuando el capitalista personifica simplemente el capital industrial, su propia demanda se reduce a la demanda de medios de producción y fuerza de trabajo. Su demanda de Mp es, considerada en cuanto a su valor, menor que su capital desembolsado; compra medios de producción por menos valor que el de su capital y, por tanto, de menos valor también que el capital –mercancías que lanza al mercado. masajista barcelona Además, por lo que se refiere a los salarios –la forma–dinero en que se desembolsa el capital variable–, éstos son repuestos aquí igualmente, no por la venta del producto, por su transformación en dinero, sino por un producto cuya forma natural es desde el primer momento la forma–dinero. barcelona callgirl "Se tiene poco en cuenta, y la mayoría de la gente ni siquiera lo sospecha, cuán extraordinariamente pequeña, lo mismo en cuanto a la masa que en cuanto a la fuerza de acción, es la proporción existente entre las acumulaciones efectivas de la sociedad y las fuerzas humanas productivas, e incluso entre aquéllas y el consumo ordinario de una sola generación de hombres en el espacio de pocos años. La razón de esto salta a la vista, pero el efecto es bastante perjudicial. La riqueza que se consume anualmente desaparece al usarse; sólo permanece de manifiesto durante un instante y produce impresión solamente mientras se la disfruta o se la consume. En cambio, la parte de la riqueza que se va consumiendo lentamente, los muebles, las máquinas, los edificios, permanecen ante nuestra vista desde la infancia hasta la vejez, como monumentos perdurables del esfuerzo humano. La posesión de esta parte fija, permanente de la riqueza pública, que se va consumiendo poco a poco –de la tierra y de las materias primas contenidas en ella, de las herramientas con que se trabaja, de los edificios que albergan al hombre durante su trabajo–, permite a los propietarios de estos objetos dominar en provecho propio las fuerzas anuales de producción de todos los obreros verdaderamente productivos de la sociedad, por insignificantes que aquellos objetos puedan ser, comparados con los productos constantemente reiterados de este trabajo. La población de la Gran Bretaña e Irlanda es de 20 millones; el consumo medio de cada individuo, hombres, mujeres y niños, oscila probablemente alrededor de 20 libras esterlinas, lo que hace en conjunto una riqueza de unos 400 millones de libras esterlinas, que es el producto del trabajo consumido anualmente. El importe total del capital acumulado de estos países no excede, según el censo, de 1,200 millones, o sea, el triple del producto anual del trabajo. Si se dividiese por partes iguales, los habitantes tocarían a 120 libras esterlinas por cabeza. Aquí, nos interesa más la proporción que los resultados absolutos más o menos exactos de este cálculo. Los intereses de este capital en su conjunto bastarían para mantener a la población total, en su nivel actual de vida, durante dos meses del año aproximadamente y el capital global acumulado (si se encontrasen compradores para él) la sustentaría sin trabajar durante tres años enteros. Al final de los cuales, encontrándose sin casas, sin vestido y sin alimento, los habitantes de estos países tendrían que echarse a morir de hambre o convertirse en esclavos de quienes los estuvieran sustentando durante todo este tiempo. La proporción que existe entre tres años y el tiempo normal de la vida de una generación sana, digamos 40 años, es la que guardan la magnitud y la importancia de la riqueza real, el capital acumulado aun del país más rico, con su fuerza productiva, con las fuerzas productivas de una sola generación de hombres; no con lo que podrían producir bajo normas racionales de seguridad igual y sobre todo en un régimen de trabajo cooperativo, sino con lo que realmente y en términos absolutos producen bajo las normas evasivas, defectuosas y decepcionantes, de la inseguridad ... Y para conservar y perpetuar en su estado actual esta masa aparentemente gigantesca del capital existente o mejor dicho, el mando y el monopolio que permite ejercer sobre los productos del trabajo anual, se pretende eternizar toda esa maquinaria espantosa, el vicio, el crimen y los sufrimientos de la inseguridad. Nada puede acumularse sin satisfacer ante todo las verdaderas necesidades y el gran torrente de las inclinaciones humanas fluye hacia el goce; de aquí el volumen relativamente insignificante de la riqueza real de la sociedad en cada momento dado. Es un ciclo eterno de producción y consumo. En esta masa inmensa de producción y consumo anuales puede desaparecer, sin apenas notarse, la acumulación real; y sin embargo, la atención. recae, no sobre aquella masa de fuerza productiva, sino sobre esta mínima acumulación. Pero ella se halla acaparada por unos cuantos y se ha convertido en el instrumento de apropiación de los productos anuales constantemente reiterados del trabajo de la gran masa. De aquí la importancia decisiva que el tal instrumento tiene para estos pocos... Una tercera parte aproximadamente del producto anual de la nación te es arrebatada hoy a los productores, bajo el nombre de cargas públicas, para ser consumido improductivamente por quienes no entregan a cambio de ello equivalente alguno, es decir, ningún equivalente que tenga carácter de tal para los productores ... La vista de la multitud se fija, asombrada, en las masas acumuladas, sobre todo cuando aparecen concentradas en manos de unos cuantos. Pero las masas producidas anualmente ruedan y pasan como las olas eternas e innumerables de una corriente poderosa y se pierden en el océano olvidado del consumo. Y. sin embargo, este consumo eterno condiciona, no sólo todo los goces, sino la misma existencia de todo el género humano. Sobre la cantidad y la distribución de este producto anual debieran recaer sobre todo nuestras reflexiones. La verdadera acumulación tiene una importancia absolutamente secundaria, que además se debe casi exclusivamente a la influencia que ejerce en la distribución del producto anual...Aquí (en la obra de Thompson), "la verdadera acumulación y distribución se consideran siempre con referencia a la fuerza productiva y en función de ella. Los demás sistemas proceden casi todos a la inversa: consideran la fuerza productiva con referencia a la acumulación y en función de ella y con vistas a la perpetuación del sistema de distribución existente. Comparados con la conservación de este sistema de distribución imperante, no se reputan dignos ni siquiera de una mirada la miseria o el bienestar continuamente reiterados de todo el género humano. Se da el nombre de seguridad a la perpetuación de lo que es obra de la violencia, del fraude y del azar, y para conservar esta mentida seguridad se sacrifican implacablemente todas las fuerzas productivas del género humano” (obra cit., pp. 440–443). dama de compañía Water Eaton: Aquí, los propietarios, en vista de que la población aumentaba, han destruido hasta un 20% de las casas existentes. Un pobre obrero que tenía que andar unas cuatro millas hasta su trabajo y a quien se le preguntó si no podía conseguir un cot más cerca, contestó: “No, nadie querría admitir ni a tres tirones a un hombre con tanta familia como la mía.” bcn girls Por tanto, en la relación o razón de valor en que la levita actúa como equivalente del lienzo, la forma levita es considerada como forma del valor. El valor de la mercancía lienzo se expresa, por consiguiente, en la materialidad corpórea de la mercancía levita; o lo que es lo mismo, el valor de una mercancía se expresa en él valor de uso de otra. Considerado como valor de uso, el lienzo es un objeto materialmente distinto de la levita, pero considerado como valor es algo "igual a la levita" y que presenta, por tanto, la misma fisonomía de ésta. Esto hace que revista una forma de valor distinta de su forma natural. En su identidad con la levita se revela su verdadera naturaleza como valor, del mismo modo que el carácter carneril del cristiano se revela en su identidad con el cordero de Dios. girls madrid Ofrece especial interés comparar el hambre de plusvalía que impera en los principados del Danubio con la que reina en las fábricas inglesas, por una razón: porque en las prestaciones de los vasallos la plusvalía reviste una forma sustantiva y tangible. Madrid escorts Los celtas de la alta Escocia estaban divididos en clanes, y cada clan era propietario de los terrenos por él colonizados. El represen­tante del clan, su jefe o “caudillo”, no era más que un simple pro­pietario titular de estos terrenos, del mismo modo que la reina de Inglaterra lo era del suelo de toda la nación. Cuando el gobierno inglés hubo conseguido sofocar las guerras internas de estos “caudillos” y sus constantes irrupciones en las llanuras de la baja Escocia, los jefes de los clanes no abandonaron, ni mucho menos, su antiguo oficio de bandoleros; se limitaron a cambiarlo de forma. Por si y ante sí, transformaron su derecho titular de propiedad en un derecho de propiedad privada, y como las gentes de los clanes opusieran re­sistencia, decidieron desalojarlos de sus posesiones por la fuerza. “Con el mismo derecho –dice el profesor Newman– podría un rey de Inglaterra atreverse a arrojar a sus súbditos al mar.27 En las obras de Sir James Steuart28 y James Anderson29 “podemos seguir las primeras fases de esta revolución, que en Escocia comienza después de la última intentona del pretendiente”. En el siglo XVIII, a los es­coceses lanzados de sus tierras se les prohibía al mismo tiempo emigrar del país, para así empujarlos por la fuerza a Glasgow y otros centros fabriles de la región.30 Como ejemplo del método de expro­piación predominante en el siglo XIX, 31 bastará citar las “limpias­” llevadas a cabo por la condesa de Sutherland. Esta señora, económi­camente aleccionada, decidió, apenas hubo ceñido la corona de condesa, aplicar a sus posesiones un tratamiento radical, convirtiendo todo su condado –cuyos habitantes, mermados por una serie de procesos anteriores semejantes a éste, habían ido quedando ya re­ducidos a 15,000– en pastos para ovejas. Desde 1814 a 1820 se desplegó una campaña sistemática de expulsión y exterminio para quitar de en medio a estos 15,000 habitantes, que formarían, aproximadamente, unas 3,000 familias. Todas sus aldeas fueron des­truidas y arrasadas, sus tierras convertidas todas en terrenos de pastos. Las tropas británicas enviadas por el gobierno para ejecutar las órdenes de la condesa, tuvieron que hacer fuego contra los habi­tantes, expulsados de sus tierras. Una mujer vieja pereció abrasada entre las llamas de su choza, por negarse a abandonarla. Así consi­guió la señora condesa apropiarse de 794,000 acres de tierra, perte­necientes al clan desde tiempos inmemoriales. A los naturales del país desahuciados les asignó en la orilla del mar unos 6,000 acres, a razón de dos por familia. Hasta la fecha, aquellos 6,000 acres habían permanecido yermos, sin producir ninguna renta a su pro­pietario. Llevada de su altruismo, la condesa se dignó arrendar estos cereales por una renta media de 2 chelines y 6 peniques cada acre, pues no en vano se trataba de las gentes de un clan que había vertido su sangre por su familia desde hacía varios siglos. Todos los terrenos robados al clan fueron divididos en 29 grandes demar­caciones de pastos, atendida cada una de ellas por una sola familia; los pastores eran, en su mayoría, criados ingleses de los arrendatarios. En 1825, los 15,000 montañeses habían sido sustituidos ya por 131,000 ovejas. Los aborígenes arrojados a la orilla del mar pro­curaban, entretanto, mantenerse de la pesca; se convirtieron en an­fibios y vivían, según dice un escritor inglés de la época, mitad en tierra y mitad en el mar, sin vivir entre todo ello más que a medias.32

    Jacobo I: Todo el que no tenga empleo fijo y se dedique a mendigar es declarado vagabundo. Los jueces de paz de las Petty Sessions quedan autorizados a mandarlos azotar en público y a re­cluirlos en la cárcel, a la primera vez que se les sorprenda, por seis meses, a la segunda vez por dos años. Durante su permanencia en la cárcel, podrán ser azotados tantas veces y en tanta cantidad como los jueces de paz crean conveniente... Los vagabundos peligrosos e incorregibles deberán ser marcados a fuego con una R en el hombro izquierdo y sujetos a trabajos forzados; y sí se les sorprende nue­vamente mendigando, serán ahorcados sin misericordia. Estos pre­ceptos, que conservan su fuerza legal hasta los primeros años del siglo XVIII, sólo fueron derogados por la 12 Ana c. 23. saunas bilbao 14 "En los orígenes de la manufactura textil, la situación de la fábrica dependía de la proximidad de un río que tuviese caída suficiente para mover una rueda hidráulica, y. si bien la construcción de molinos de agua marca el ocaso del sistema de la industria casera, estos molinos, que debían estar situados necesariamente en las orillas de los ríos, y que no pocas veces quedaban muy alejados los unos de los otros, representaban más bien una parte de un sistema rural que de un sistema urbano; hubo de introducirse la fuerza de vapor, sustituyendo a la fuerza hidráulica, para que las fábricas se concentrasen en las ciudades y en los centros en que abundaban el carbón y el agua, como elementos necesarios para producir el vapor. La máquina de vapor es la madre de las ciudades industriales." (A. Redgrave, en Report of the Insp. of Fact. 30 th April 1866, p. 36.) saunas españa En su informe final, la "Children's Employment Comimission” propone que se sometan a la ley fabril más de 1.400,000 niños, jóvenes y mujeres la mitad aproximadamente de los cuales son explotados por la pequeña industria y el trabajo a domicilio.233 Si el parlamento –dice este informe– aceptase nuestra propuesta en toda su extensión, es indudable que esta reforma legislativa ejercería el más benéfico influjo, no sólo sobre los jóvenes y los seres débiles a quienes se destina en primer término, sino también sobre la gran masa de obreros adultos que caen, directa (mujeres) e indirectamente (hombres) dentro de su radio de acción. Esta reforma les obligaría a trabajar durante un cierto número regular y moderado de horas; administraría y acumularía las reservas de fuerza física, de que tanto depende su propio bienestar y el del país; protegería a la generación que se está formando de ese agotamiento prematuro que mina su salud y determina su muerte o su ruina física antes de tiempo, y, finalmente, permitiría a los obreros jóvenes, por lo menos hasta los 13 años, cursar la enseñanza elemental y pondría término de ese modo a la increíble ignorancia que con tanta fidelidad se describe en los informes de la Comisión y que no puede observarse sin una sensación muy penosa y un profundo sentimiento de humillación nacional.”234 El gabinete tory anuncio en el mensaje de la corona leído el 5 de febrero de 1867, que había recogido en unos cuantos “bills” las propuestas 235 de la Comisión de investigación industrial. Para llegar a esta conclusión, fueron necesarios veinte años de experimentos in corpore vili. (104) Ya en 1840, había sido nombrada una Comisión parlamentaria para realizar investigaciones acerca del trabajo infantil. Su informe, emitido en 1842, trazaba (según las palabras de N. W. Senior) la pintura más espantosa de codicia, egoísmo y crueldad de padres y capitalistas, de miseria, degradación y sacrificio de niños y jóvenes, que jamas vieran los ojos del mundo ... Podría pensarse que en el informe se describen las crueldades de una época remota. Desgraciadamente, hay datos que testimonian la persistencia de estas crueldades, con caracteres tan intensivos como nunca. Un folleto publicado hace unos dos año por Hardwicke declara que los abusos sancionados en 1842 se exhiben hoy (1863) en todo su esplendor... Este informe (de 1842), pasó inadvertido durante veinte años enteros, al cabo de los cuales se permitió que aquellos niños, criados sin la más remota idea de lo que llamamos moral, sin asomo de educación escolar, de religión ni de cariño familiar, se convirtieran en los padres de la actual generación.236 Academia lloret El proceso de donde salieron el obrero asalariado y el capitalista, tuvo como punto de partida la esclavización del obrero. En las etapas sucesivas, esta esclavización no hizo más que cambiar de forma: la explotación feudal se convirtió en explotación capitalista. Para explicar la marcha de este proceso, no hace falta remontarse muy atrás. Aunque los primeros indicios de producción capitalista se presentan ya, esporádicamente, en algunas ciudades del Medite­rráneo durante los siglos XIV y XV, la era capitalista sólo data, en realidad, del siglo XVI. Allí donde surge el capitalismo hace ya mucho tiempo que se ha abolido la servidumbre y que el punto de esplendor de la Edad Media, la existencia de ciudades soberanas, ha declinado y palidecido. offset El capital va convirtiéndose, además, en un régimen coactivo, que obliga a la clase obrera a ejecutar más trabajo del que exige el estrecho círculo de sus necesidades elementales. Como productor de laboriosidad ajena, extractor de plusvalía y explotador de fuerza de trabajo, el capital sobrepuja en energía, en desenfreno y en eficacia a todos los sistemas de producción basados directamente en los trabajos forzados, que le precedieron. discotecas en lleida Con esto se dio también por contento Mr. Sedley Taylor. Y el resultado de toda esa intriga profesoral urdida durante veinte años y a través de dos grandes naciones fue que ya nadie se atreviese a dudar de la escrupulosidad literaria de Marx y que, en lo sucesivo la gente otorgase a Mr. Sedley Taylor, en punto a los partes literarios de guerra del señor Brentano, tan poca confianza como a éste en punto a la infalibilidad pontificia del Hansard. restaurantes en españa Ahora bien: el valor de la fuerza de trabajo incluye el valor de las mercancías indispensables para la reproducción del obrero o para la perpetuación de la clase trabajadora. Por tanto, si esta prolongación antinatural de la jornada de trabajo a que forzosamente aspira el capital en su afán desmedido de incrementarse, acorta la duración de la vida individual de cada obrero y, por consiguiente, la de su fuerza de trabajo, se hará necesario reponer más prontamente las fuerzas desgastadas, lo que, a su vez, supondrá una partida mayor de costo de desgaste en la producción de la fuerza de trabajo, del mismo modo que la parte de valor que ha de reproducirse diariamente en una máquina es mayor cuanto más rápido sea su desgaste. Parece, pues, como si fuese el propio interés del capital el que aconsejase a éste la conveniencia de implantar una jornada normal de trabajo. www.pisobcn.com 43 La economía clásica no llegó jamás a comprender en su verdadera trascendencia este importante factor de la reproducción, por no haber sabido analizar certeramente el análisis del proceso de trabajo y de creación de valor. Esto puede verse, v. gr., en Ricardo. Este autor dice, por ejemplo: cualesquiera que sean los cambios operados en la fuerza productiva, "un millón de hombres, en las fábricas, producen siempre el mismo valor." Lo cual es cierto, si partimos, como de supuestos dados, de la extensión y la intensidad de su trabajo. Pero esto no impide, y Ricardo no lo tiene en cuenta en algunas de sus deducciones, que un millón de hombres conviertan en producto masas muy diversas de medios de producción, según el grado de productividad de su trabajo, conservando, por tanto, en sus productos masas de valor muy distintas, y creando, por consiguiente, valores de productos muy diferentes. Diremos de pasada que, a la luz de este ejemplo, Ricardo se esfuerza en vano por explicarle a J. B. Say la diferencia entre valor de uso (que él llama aquí wealth, riqueza material) y valor de cambio. Say contesta: "Por lo que se refiere a La dificultad aducida por Ricardo cuando dice que, con mejores procedimientos, un millón de hombres pueden producir el doble y hasta el triple de riqueza, sin crear por ello más valor, diremos que esta dificultad desaparece si, como debe hacerse, se considera la producción como un intercambio en el que se entregan los servicios productivos del trabajo, de la tierra y del capital, para obtener a cambio de ello productos. Por medio de estos servicios productivos, obtenemos todos los productos que hay en el mundo...Por consiguiente..., seremos tanto más ricos, y nuestros servicios productivos tendrán tanto más valor cuanto mayor sea la cantidad de objetos útiles que nos aporten, en ese intercambio a que llamamos producción." (J. B. Say, Lettres à M. Malthus, París, 1820, pp. 168 y 169.) La dificultad –difilcultad existente para él, no para Ricardo– que Say quiere explicar es ésta: ¿por qué no aumenta el valor de los valores de uso, cuando su cantidad crece, al intensificarse la fuerza productiva del trabajo? Respuesta: la dificultad se resuelve llamando al valor de uso, porque sí, valor de cambio. Valor de cambio es aquello que se halla relacionado de un modo o de otro con el intercambio. Por tanto, no hay más que llamar a la producción "intercambio" de trabajo, y medios de producción a los productos, y se verá claro como el agua que cuanto más valor de uso se obtenga de la producción, más valor de cambio se adquirirá. 0, dicho en otros términos: cuantos más valores de uso, más medias, por ejemplo, suministre al fabricante de medias una jornada de trabajo, más rico será en medias este fabricante. Pero, de pronto, a Say se le ocurre pensar que, "al aumentar la cantidad" de medías. desciende su "precio" (el cual, naturalmente, no tiene nada que ver con el valor de cambio), "porque la concurrencia les obliga (a los productores) a dar los productos por lo que les cuestan". Pero, ¿de dónde proviene la ganancia, si el capitalista vende las mercancías al precio que a él le cuestan? Never mind ! (121) Say afirma que ahora, al crecer la productividad, en vez de un par de medias se entregan dos por el mismo equivalente; en vez de dos, cuatro, etc. El resultado a que llega por este camino es precisamente la tesis de Ricardo, que trataba de refutar. Después de este formidable esfuerzo mental, se encara con Malthus y le apostrofa con estas palabras de triunfo: "Tal es, señor mío, la doctrina, muy bien cimentada, sin la cual, lo declaro, no podrían resolverse los problemas más difíciles de la economía política y sobre todo el de saber cómo una nación puede enriquecerse cuando sus productos disminuyen de valor, a pesar de que la riqueza representa valor" (ob. c., p. 170). Un economista inglés observa, comentando estos y otros parecidos artificios de las Letters de Say: "Estas maneras afectadas de charlar ("those affected ways of talking") forman en conjunto lo que el señor Say gusta de llamar su doctrina, doctrina que aconseja a Malthus que enseñe en Hertford, como se hace ya 'en varias partes de Europa'." Dice nuestro autor: "Si encuentra usted en todas estas afirmaciones un carácter paradójico, observe las cosas que expresan, y me atrevo a creer que entonces le parecerán muy sencillas y muy razonables. Ciertamente, y al mismo tiempo y por obra del mismo proceso, se demostrará que son cualquier cosa menos originales o importantes." (An Inquiry into those Principles respecting Nature of Demand, etc., p. 116 y 110.)

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